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martes, 19 de junio de 2018

NO NIEGUES TUS EMOCIONES, ABRAZALAS! —LOS 7 PASOS DE LA REGULACION EMOCIONAL



No niegues tus emociones, Abrazalas!

—Los 7 pasos de la Regulacion Emocional


Todos buscamos bienestar psicologico, un funcionamiento optimo de nuestra emotividad. Las emociones pueden usarse a favor, en vez de dejar que nos causen sufrimiento, sensacion de descontrol o daño permanente. Es lo que propone la Meditacion, para desarrollar una mejora consistente y sostenida del manejo de la emotividad.

Las emociones son fuerzas interiores formidables, experiencias psiquicas y fisiológicas, de las que nos dotado la evolución para nuestra supervivencia. Son fuerzas que nos impelen a la accion, que nos pueden servir para vivir mas plenamente y orientar mejor la toma de decisiones.

Lamentablemente pueden darse variados factores para que las emociones se puedan volver problemáticas, no ser reconocidas, ser negadas o evitadas, o en el extremo opuesto exacerbadas en busqueda de estimulos, placeres y sensaciones extremas, sin darnos cuenta que algunas podrian no ser saludables o no hacernos sentir bien a largo plazo.

A las emociones hay que entenderlas y usarlas para construir una mente fuerte y sana, satisfecha y llena. Mas alla del plano de la supervivencia, las emociones pueden contribuir a que experimentemos la Plenitud, vital y emocional. Como las emociones pueden producir estados de  contento o descontento mental, la infelicidad y la felicidad dependen de la mente, no de las circunstancias externas.

En la actualidad un acercamiento inteligente a las emociones es imprescindible: la sociedad repudia la tristeza y las emociones negativas, se les invalida con frases como “ya va a pasar, distraete, cambia esa cara, pasa la pagina”, respuestas comunes frente al sufrimiento. Esto provoca frustraciones, tensiones internas entre la necesidad interior de expresar una emocion y la necesidad de enmascararla socialmente, para fingir exito o por verguenza en el grupo, o para evitar una sensacion de fracaso ante uno mismo. En vez de eso podemos aprender a reconocerlas y aceptarlas mediante la validacion y la regulacion emocional.

Si las fuerzas emocionales son poderosas y pueden hacernos sentir bien, en vez de hacernos sentir malestar, necesitamos equilibrarlas, hacerlas trabajar a nuestro favor, usando cambios de actitud y tecnicas de regulacion emocional inteligentes, que procuren bienestar animico, disuelvan el estres, la ansiedad y superen la depresion.

Hay 7 Pasos para la Regulacion Emocional, que unen la Meditacion con la Inteligencia Emocional. Estos pasos nos permiten percibir las emociones, comprenderlas, manejarlas internamente, expresarlas y usarlas hábilmente, dandole una nueva interpretación y significado a la emocion. Aprendemos a reconocer, relajar y desenganchar de las emociones negativas que puedan llegar a gobernarnos.

Básicamente estos 7 Pasos de la regulación emocional pueden resumirse en consciencia, aceptación y autocompasión.


 
NO NIEGUES TUS EMOCIONES, ABRÁZALAS!

—LOS 7 PASOS DE LA REGULACIÓN EMOCIONAL

Seminario los Sábados 10.30 am
a 12.30 del día

S/ 120 por 4 clases

Incluye Meditaciones guiadas

En calle Enrique Palacios 1125-C, Miraflores


POR EL PROF. JUAN JOSE BUSTAMANTE

Profesor de Budismo de la Pontificia Universidad Catolica del Peru por 28 años desde 1989.
Estudios con Lama Wang Dor en la India por dos años en 1983-1984.
28 años de experiencia enseñando meditacion.
Estudia y practica la meditacion desde hace 44 años.



Tlfs. 999467542, 4455003
kunzan@hotmail.com

domingo, 24 de mayo de 2015

INTELIGENCIA EMOCIONAL POR LA MEDITACIÓN


La Inteligencia Emocional que nos interesa desarrollar con la Meditación es la de aumentar la capacidad de ser felices. Es una habilidad que se puede aprender. Para ello debemos reconocer, comprender y regular las emociones dañinas, para dejar de hacernos daño a nosotros mismos y a las personas que queremos. Igualmente necesitamos desarrollar las emociones benéficas para uno y para los otros, para aumentar la capacidad de sentir y hacer sentir bienestar emocional y espiritual.

Las emociones influyen y hasta limitan nuestra inteligencia para actuar en el mundo, ocasionando distorsiones en nuestras decisiones y acciones, e incluso en el trato con los otros, lo cual después tiene consecuencias inesperadas e indeseadas.

La Inteligencia que nos interesa es la capacidad de darnos cuenta de qué está pasando, dentro y fuera de nosotros, de “Ver dentro de uno”, de ver claro el estado de nuestra propia mente, para abstenernos de hacer daño y para hacer el mayor bien posible. Para ello hay que lograr maestría de la propia mente, para gobernarla en vez de ser gobernados por ella.

En muchas ocasiones nos dominan las emociones destructivas, sin que ni siquiera nos demos cuenta, es más, llegamos a considerar que no sólo es bueno sino hasta deseable practicar estas emociones dañinas, que nos llevan a realizar acciones destructivas, con grandes consecuencias de malestar en la propia vida y en la de los que nos rodean.

Las emociones destructivas son el apego y la ansiedad, con sus variantes de codicia, orgullo y posesividad. También la ira y el odio, con sus variantes de irritabilidad, envidia y agresividad. Todo ello causado por el obscurecimiento de la mente, con sus secuelas de miedo, decaimiento y depresión.

La Meditación nos permite entrenarnos para prevenir y curar el estrés, que es una respuesta emocional no inteligente, inadecuada y excesiva ante los estímulos desafiantes. 

Con la Meditación logramos reconocer las emociones dañinas, postergar la reactividad autodestructiva, y generar respuestas más armoniosas e inteligentes, que nos hagan sentir más felices.

El mundo está lleno de motivos y ocasiones para practicar la Inteligencia Emocional, desde el ruido hasta la presencia de personas no agradables, desde la dificultad de manejar los pequeños obstáculos de nuestra vida diaria hasta las pérdidas y fracasos mayores, que no deseamos pero que ocurren por factores no siempre controlables por uno mismo.

Con la Meditación nos sentimos mejor y podemos ser más felices.

domingo, 29 de marzo de 2015

LIBERARSE DE SUS DEMONIOS –TRANSFORMAR MIEDOS EN SERENIDAD



Los demonios no son vampiros sedientos de sangre que nos esperan en lugares oscuros; más bien están dentro de nosotros, son las fuerzas [emocionales destructivas] que encontramos dentro de nosotros mismos, cuyo núcleo es el aferramiento o apego al ego, [el yo, el creer en su solidez y realidad absoluta, en vez de saber que es sólo un instrumento para la vida].

Los demonios son nuestras obsesiones y miedos, sentimientos de inseguridad, enfermedades crónicas o problemas comunes como la depresión, la ansiedad y la adicción. Alimentar nuestros demonios en lugar de luchar contra ellos puede parecer contradictorio al enfoque convencional de atacar y tratar de eliminar lo que nos asalta, pero resulta ser una alternativa notable y una vía eficaz para la liberación de todas las dualidades [las dudas que podrían surgir  cuando tenemos que escoger entre lo “bueno” y lo “malo”].

Los demonios –o maras, como se llaman en idioma sánscrito en el budismo– no son seres exóticos como los que se observan en las pinturas orientales u occidentales. Ellos son nuestros miedos y obsesiones presentes, los temas no resueltos y la reactividad emocional de nuestras propias vidas. Nuestros demonios son todos ellos provenientes del demonio raíz del aferramiento al ego [el darle una identidad sólida al yo, que es sólo un flujo de procesos mentales o instantes de consciencia]. Ellos se manifiestan en una variedad infinita de formas; podrían aparecer como los conflictos que tenemos con nuestra pareja, la ansiedad que sentimos cuando volamos en avión, o la incomodidad que podemos sentir cuando nos miramos en el espejo. Podríamos tener un demonio que nos hace temer al abandono, o un demonio que nos lleva a hacer daño a los que amamos.

Los demonios son generados en última instancia por la mente, y como tales, no tienen una existencia independiente [las emociones dependen de muchos factores incluso inconscientes]. No obstante, nos enganchamos a ellos como si fueran reales [nos dejamos gobernar por ellos], y creemos [absolutamente]en su existencia; sino preguntemos a cualquier persona que ha luchado con una adicción o con los ataques de ansiedad o de pánico.

Los demonios aparecen en nuestras vidas, sea que los provoquemos o no, si los queremos o no. Incluso el lenguaje común se refiere a ellos, como cuando alguien está “luchando contra sus demonios”. A veces se escucha a alguien decir que está luchando con su “demonio de los celos”.

Desafortunadamente, el hábito de luchar contra nuestros demonios sólo les da fuerza. Si los alimentamos, y no luchamos contra nuestros demonios, estaremos integrando [y usando constructivamente] estas energías, [“sus” energías –de los demonios, o más bien nuestras energías], en vez de que las rechacemos y tratemos de distanciarnos de nuestros aspectos más obscuros, [íntimos] y repudiados por nosotros mismos, y tampoco proyectarlos sobre los demás [atribuirles voluntad de daño].

Este método ayuda mucho con problemas emocionales y físicos crónicos tales como la ansiedad,  el comer compulsivamente, los ataques de pánico, y la enfermedad [psicosomática]  en general. También ayuda en el tratamiento de trastornos tales como el final de una relación, el estrés de perder el empleo, la muerte de un ser querido, y los problemas interpersonales en el trabajo y en el hogar.

Cuando nos obsesionamos con los problemas de peso, o nos drenamos de energía a causa de una relación, o cuando anhelamos un cigarrillo, o comer, o un trago, le damos nuestra fuerza a los demonios, porque en realidad no le estamos prestando atención al demonio [interno –la emoción en sí, sino a la circunstancia externa]. Cuando entendemos cómo alimentar a la necesidad real que causa al demonio, con generosidad y sin miedo, la energía encerrada en nuestro demonio tenderá a disolverse y a convertirse en un aliado.

Si observamos y practicamos la alimentación de los demonios por algún tiempo, empezamos a tomar conciencia de cómo se forman los demonios. Aprendemos a verlos venir: “Ah, aquí viene mi demonio del odio a mí mismo [o la vergüenza de uno mismo]”. Esto hace que sea posible, con un poco de práctica, el  liberar a los demonios a medida que surgen, usando lo que se denomina la “Liberación Directa”, la vía más inmediata y simple, y también la más efectiva.

La Liberación Directa

La Liberación Directa es engañosamente simple. Se trata de darse cuenta de la energía o pensamientos que surgen, y luego dirigir nuestra consciencia [o atención] directamente hacia esa energía sin darle forma [o nombre, ni relacionarlo con ninguna historia].

Esto es el equivalente energético [en la mente] de dirigir un barco directamente hacia el viento; el barco se desplaza [por lo general] debido a su resistencia al viento [es empujado por el viento], y se detiene cuando su fuente de alimentación ha sido neutralizada [ya no hay más resistencia al  viento]. Del mismo modo, si diriges la consciencia o atención directamente a una emoción, [sin resistirse a ella] esta se detiene y se deja de desarrollar. Uno no está analizando o pensando en ello, sino dirigiéndose hacia ella [la energía de la emoción] con la atención o consciencia clara.

En ese momento, si se es capaz de hacerlo correctamente, el “demonio” o emoción será liberado al instante y desaparecerá en el acto. La técnica de liberación directa es comparable a cuando se tiene miedo de un monstruo en la oscuridad, y entonces se enciende la luz. Cuando se prende la luz vemos que nunca hubo un monstruo, y que todo era sólo una proyección de nuestra propia mente.

Tomemos el ejemplo del demonio de los celos. Me doy cuenta, “Ah, me estoy poniendo celoso, mi ritmo cardíaco aumenta. Mi cuerpo se tensa”. Si en ese momento observo la energía de los celos y le pongo toda mi atención o plena conciencia, los celos se desinflarán como un globo.

Cuando se llega a este punto, tanto uno como el demonio se han disuelto ya en la vacuidad [de la mente espaciosa] y ya no hay sino una vasta conciencia [o atención plena silenciosa y sin objeto –awareness]. Aquí estamos haciéndole un corto circuito el demonio [de la emoción] en tanto surge [como energía], mediante el encontrarnos conscientemente [y silenciosamente] con su energía, en cuanto aparece en la superficie [de la mente operativa, o yo. Así desactivamos esa energía destructiva].

Otro ejemplo de una situación en la que es posible practicar la liberación directa sería en la interacción con otras personas. Se puede estar sentado con la pareja, por ejemplo, cuando se descubre que algo que ella se comprometió a hacer ni siquiera lo ha comenzado. Se siente que brota la irritación. Pero entonces, si diriges [en silencio] la atención a esta sensación de irritación, observándola directamente, desaparece.

Una forma de explicar [y aplicar] la liberación directa es a través de un experimento que podemos ensayar: Conscientemente generar una emoción fuerte –ira, tristeza, desilusión, o deseo. Cuando se tiene este sentimiento, intensificarlo, y dirigir la atención o consciencia directamente a esa emoción, y descansar en la experiencia que sigue. La liberación del demonio puede ser tan simple e instantánea que incluso se podría desconfiar del resultado, pero si lo comprobamos después, y si se ha hecho correctamente, la emoción se habrá disuelto [ya no tendrá tanto poder sobre nosotros].

Con bastante práctica se hace posible que la consciencia [pura], clara y sin modificaciones, se estabilice, lo cual no es algo que se logre corrientemente. En esta etapa ya no se tiene que “hacer” nada en especial; la consciencia simplemente conoce [pone atención silenciosa] en las emociones a medida que surjan, de tal manera que sean liberadas de forma natural. La vacuidad [de esencia inherente de las cosas, personas o situaciones], la claridad y la consciencia están espontáneamente presentes. Las emociones no se apoderan de ti; surgen y se liberan de forma simultánea. Esto se llama Liberación Instantánea [o Presencia Instantánea, o Auto Liberación –las emociones se liberan por sí mismas, sin nuestra intervención]. Una emoción surge, pero no encuentra asidero, y se disuelve. En este momento no tenemos ninguna necesidad de alimentar a los “demonios” [de las emociones destructivas], porque estamos gobernados por la consciencia [pura], y no por nuestras emociones [las formas de energía mental que surgen en la mente].


Traducido, editado y adaptado de un artículo de Tsultrim Allione aparecido en la revista budista Tricycle en la edición del verano del 2008, por el prof. Juan José Bustamante [ver anotaciones entre corchetes].

domingo, 25 de mayo de 2014

ANTI-ESTRÉS CON INTELIGENCIA EMOCIONAL



El estrés (del inglés stress, ‘tensión’, que proviene de la física y hace referencia a la presión que ejerce un cuerpo sobre otro, siendo aquel que más presión recibe el que puede destrozarse). Es una reacción o respuesta fisiológica y mental del organismo para afrontar una situación que se percibe como amenazante. Como resultado, aumenta el riesgo de lesión o enfermedad física y mental.

Los seres humanos estamos dotados de una inteligencia humana maravillosa para preservar nuestra salud mental fundamental. Darnos cuenta que tenemos este gran potencial humano, nos brinda una fuerza fundamental. Permite hacer frente a cualquier dificultad, no importa a que situación nos enfrentemos, sin perder la esperanza o hundirnos en sentimientos de baja autoestima.

La supervivencia está genéticamente codificada en nuestro organismo. Para asegurarla, un conjunto de cambios fisiológicos se ponen en acto antes que siquiera un pensamiento cruce por la mente. El cerebro se pone en guardia para preparar el cuerpo para la acción defensiva. El sistema nervioso se centra en el estímulo y las hormonas liberadas activan los sentidos, aceleran el pulso, la respiración y se tensan los músculos. Y el estrés, justamente, es una respuesta ancestral del organismo de lucha o huida frente a una amenaza de corto plazo.

Los episodios cortos o infrecuentes de estrés representan poco riesgo. Un determinado grado de estrés es necesario para responder a determinadas situaciones o alcanzar ciertos objetivos, luego el cuerpo vuelve a su estado normal. Pero cuando las situaciones estresantes se suceden sin solucionarse y el stress se prolonga, se ingresa a lo que se denomina la fase de resistencia y sus efectos son muy nocivos para el cuerpo y la mente. El cuerpo permanece en un estado constante de alerta, lo cual aumenta la tasa de desgaste fisiológico que conlleva fatiga o daño físico, la capacidad del cuerpo para recuperarse y defenderse puede verse seriamente comprometida. Como resultado, aumenta el riesgo de lesión o enfermedad física y mental.

Hay formas saludables de manejo del estrés, como adoptar un enfoque activo, una visión fresca y distinta de la vida. Hacer uso de terapias, deporte y ejercicio. Contar con un sistema de espiritualidad práctica. Familiarizarse con la sensación de seguridad y bienestar.

Necesitamos un manejo saludable del estrés, desarrollando la habilidad del manejo emocional (no esperar que llegue). Aceptar las experiencias intrusivas, y su manejo. Saber integrar nuevas situaciones desafiantes. Muy importantes son el entrenamiento de la mente y la meditación.

El estrés tiene un papel preponderante en varios tipos de problemas crónicos de salud. El estrés es un desencadenante conocido para la depresión. Debilita el sistema inmunológico que tiene como función proteger al organismo contra infecciones y tumores, (la inmunosupresión: se inhibe la maduración de los linfocitos que son los encargados de producir anticuerpos e incluso destruirlos, provocando el debilitamiento del sistema inmune).

Aumenta el riesgo de cáncer y enfermedades cardíacas (incrementa el ritmo cardíaco y la presión arterial lo cual afecta el músculo cardíaco y los vasos sanguíneos).

Influencia el ánimo y funcionamiento, distorsiona el sueño, disfunciones sexuales, destruye las relaciones interpersonales produciendo una sensación general de insatisfacción. afecciones musculoesqueléticas.

Puede producir migraña y dolores de cabeza, enfermedades gastrointestinales, úlceras. 

Alteraciones del humor y del sueño, estómago revuelto, dolor de cabeza y relaciones alteradas con familia y amigos.
También hay trastornos psicológicos, como pérdida de autoestima, baja motivación o interés por la actividad laboral, baja concentración, ansiedad y depresión.

Si la intensidad y duración del estrés sobrepasan ciertos límites, puede producir alteraciones considerables en el cerebro. Éstas incluyen desde modificaciones más o menos leves y reversibles hasta situaciones en las que puede haber muerte neuronal.
El exceso de glucocorticoides puede producir toda una serie de alteraciones en distintas estructuras cerebrales, especialmente en el hipocampo, estructura que juega un papel crítico en muchos procesos de aprendizaje y memoria.

Algunos síntomas son el nerviosismo, temblor o inquietud, aceleración del corazón, sudoración, fallas de la memoria, alteraciones en el ánimo, nerviosismo y falta de concentración, cambios hormonales importantes que producen dolores en abdominales inferiores.

Genera modificaciones neuroendocrinas del hipotálamo (centro de emoción del cerebro),  glándulas hipófisis y suprarrenales (centro de reactividad).

Puede desencadenar problemas graves de salud. Cuando esta respuesta natural se da en exceso se produce una sobrecarga de tensión que repercute en el organismo humano y provoca la aparición de enfermedades y anomalías patológicas que impiden el normal desarrollo y funcionamiento del cuerpo humano.
El estrés crónico está relacionado con los trastornos de ansiedad y puede a ocasionar una enfermedad que puede alterar la vida de las personas.
Independientemente de la enfermedad que padezcan los enfermos presentan síntomas comunes: cansancio, pérdida del apetito, bajada de peso y astenia.

El cerebro se pone en estado de alerta, se potencia la memoria a corto plazo para no olvidar la amenaza. En estado de resistencia: Tensión, aumentan la ansiedad y el miedo y los pensamientos catastróficos.  Dolores de cabeza, insomnio, pesadillas, irritabilidad. Depresión. Obsesividad. Fobias.  Fatiga. Colapsos nerviosos. Pérdida de la memoria, dificultades de aprendizaje.

La sangre circula 5 veces más de prisa. Problemas cardíacos por la sobre exigencia y de hipertensión arterial. Taquicardias, arritmias. Riesgos de embolias por la coagulación de la sangre.

Aumento del  nivel de la glucosa en la sangre  para llevar más energía al cerebro y los músculos y el corazón. 

Problemas de diabetes por la mayor producción de glucosa que la sangre no sabe cómo manejar. La velocidad de la gluconeogénesis aumenta hasta seis veces. Disminución de la reserva proteica de casi todas las células del cuerpo, menos de las del hígado. 

Especialmente, disminuyen los depósitos de proteínas de los músculos. Los músculos de debilitan.

Incremento de la presión sanguínea para que haya una mayor circulación de sangre y glucosa (energía muscular) y para contraer los vasos sanguíneos con la finalidad de  impedir hemorragias. Para esto también aumenta la coagulación. Riesgo de accidente cerebro vascular y embolias.

Provoca inmunodepresión. La liberación de hormonas de estrés inhiben la maduración de los linfocitos.

Obesidad y sobrepeso, Pérdida del cabello, Depresión, Reducción del deseo sexual, Menstruación irregular, Acné, Úlceras, Insomnio, Disminución de fertilidad, Enfermedades cardíacas.

Un estrés fuerte durante un corto período es suficiente para destruir varias de las conexiones entre neuronas en zonas específicas del cerebro. Un estrés agudo puede cambiar la anatomía cerebral en pocas horas. El estrés crónico tiene el efecto de disminuir el tamaño de la zona cerebral responsable de la memoria.

domingo, 27 de octubre de 2013

INTELIGENCIA EMOCIONAL-ESPIRITUAL




La inteligencia espiritual es la que confiere satisfacción en la vida, con métodos para resolver problemas significativos y de valor, y tiene el poder de transformar al yo y a los otros.



Las cualidades espirituales serían entender el significado de la vida, tener una actitud más positiva, tener experiencias frecuentes de paz, amor, y felicidad, lo que lleva a una buena auto-estima, a pensar creativamente y ser proclive a la adaptación. Las acciones tienden a ser guiadas por valores.

La inteligencia ya no se considera una propiedad unitaria, sino un concepto que se manifiesta de distintas formas. Se habla de inteligencia racional –que incluye las habilidades lingüísticas y matemáticas–, de inteligencia emocional –que se relaciona con la capacidad de sentir empatía y solidaridad–, pero sólo recientemente, la ciencia ha podido examinar evidencias que sugieren la posesión de una “inteligencia espiritual”. Y ésta se refiere a la percepción, aparentemente inherente, de que existe una realidad trascendental o alternativa que enriquece la condición de nuestra realidad física y limitada.



El IQ es el cociente de inteligencia al que se sigue dando un valor determinante. Si bien puede tener una relación con la capacidad de resolver problemas, no alcanza por sí solo a describir la complejidad de otras habilidades que también son necesarias para determinar nuestro éxito o satisfacción vital interna y frente a los demás.



En 1983, Howard Gardner, psicólogo de la Universidad de Harvard, desarrolló la teoría de las “inteligencias múltiples”, entre las cuales incluye la inteligencia interpersonal y la intrapersonal –la primera, concerniente a la capacidad de entender las intenciones, motivaciones y deseos de otros, y la segunda, de comprender los sentimientos, miedos y motivaciones de uno mismo.



En 1995, el psicólogo Daniel Goleman popularizó el concepto de “inteligencia emocional”, como una serie de competencias y habilidades como la autoconciencia, el autocontrol y la adaptación, la conciencia social y el manejo de relaciones interpersonales. Personas con un coeficiente emocional elevado se relacionan mejor con los demás, cuentan con una alta autoestima y responden de manera adecuada ante situaciones difíciles.



La espiritualidad



El término espiritualidad proviene de la raíz latina spiritus, que significa “aliento”, en referencia al aliento de vida. Se vincula con abrir el corazón y cultivar la capacidad de experimentar asombro, reverencia y gratitud. Es la habilidad de encontrar lo sagrado en lo ordinario, de sentir el significado de la vida, conocer la pasión de la existencia y subyugarse ante algo superior. Su propósito es despertar la compasión y tiene efectos de una buena salud mental.



A pesar de sus semejanzas, la espiritualidad no se condiciona a practicar religión alguna o tener una creencia en particular. Es un sentimiento o estado mental intensamente personal. La espiritualidad puede expresarse de formas diversas.



Hasta hace muy poco tiempo, la investigación formal de la espiritualidad, con bases científicas, se consideraba imposible e inútil.



El reto científico consiste en lograr que la tecnología compruebe una relación entre las funciones cerebrales y espiritualidad, puesto que ya se había constatado estas experiencias entre los diversos grupos humanos y apuntaba a la existencia de una base inherente y no aprendida para la espiritualidad, como parte de la naturaleza humana, lo que implicaba que estas vivencias debían ser parte de nuestra actividad intelectual.



Inteligencia Espiritual



En 1997, la física y filósofa Danah Zohar introdujo el término “inteligencia espiritual” SQ, considerándola la inteligencia suprema.



La idea de una inteligencia dedicada a la trascendencia recibió de inmediato oposición del sector académico, pues su estudio se consideraba imposible debido a la dificultad de cubrir los criterios científicos. El propio Gardner ha expresado que, por la problemática de sus connotaciones, sería mejor hablar de una “inteligencia existencial” que explorara la naturaleza de la existencia. Pero recientes evidencias neurológicas, psicológicas y antropológicas lo han considerado un objeto serio de estudio, y varios laboratorios han profundizado en el tema.



La inteligencia espiritual sería distintiva de los humanos. Además, resultaría ser la más fundamental, ya que estaría relacionada con la necesidad de encontrar el significado y valor de la vida.



De tal manera, la inteligencia espiritual funcionaría como un marco dentro del cual actuarían el coeficiente intelectual y la inteligencia emocional para expresar así nuestras capacidades, y mejorar nuestra vida y la de los demás. Se plantearían preguntas sobre la misión de su existencia para actuar en consecuencia.



Por fin, a finales del siglo XX y comienzos del XXI, se dieron las condiciones científicas de laboratorio para poder tener acceso a este enigma.



Hoy en día, los investigadores cuentan con herramientas como la resonancia magnética funcional, la tomografía por emisión de positrones y otros equipos de investigación con los que examinan el cerebro de personas comunes, monjes y religiosas, en busca de las bases fisiológicas de las experiencias espirituales.



En primer lugar, se ha descubierto que la sensación espiritual de comunión con un ser superior no corresponde, como se pensaba, a una región específica del cerebro.



Una investigación realizada en 2006 por el neurocientífico Mario Beauregard, de la Universidad de Montreal, en Canadá, describió la participación y activación de varias regiones cerebrales, relacionadas con diferentes funciones, como la autoconciencia, la emoción y nuestra representación física.



Para efectuar el análisis, su equipo hizo la resonancia magnética del cerebro de 15 monjas carmelitas, a quienes se pidió que revivieran la experiencia mística más intensa que hubieran vivido.



El estudio de Beauregard encontró que la experiencia espiritual activaba más de una docena de diferentes áreas del cerebro a la vez. A pesar de las críticas de algunos colegas, Beauregard no es el primero en esta reciente rama de su especialidad, bautizada como “neurociencia mística” o “neuroteología”. Otro investigador, Richard Davidson, del Laboratorio de Neurociencia Afectiva de la Universidad de Wisconsin (EU), y especialista en el estudio de la relación entre cerebro y emociones, ha tenido resultados similares al observar, también con técnicas de neuroimagen, el cerebro de monjes budistas en meditación al enfocarse en el sentimiento de compasión. Los cambios cerebrales examinados parecen sugerir que esta práctica produce indicadores de un estado de elevado bienestar.



Además de Davidson, Alan Newberg, de la Universidad de Pennsylvania (EU), realizó estudios en los que registró cambios en la actividad neuronal de monjes budistas durante un ejercicio de meditación. Sus experimentos indicaron que, mientras tenían la experiencia de “unidad con toda la creación”, se observaban cambios significativos en las áreas frontales, parietales y en regiones subcorticales del cerebro, como la amígdala, lo que sugiere que la experiencia espiritual podría correlacionarse directamente con procesos neuronales de determinadas estructuras cerebrales.



Iguales cambios se observaron en religiosas franciscanas durante su oración, aunque ellas describían el momento como una sensación de cercanía y unión con Dios. Más allá de las interpretaciones personales, vinculadas directamente con las distintas creencias, el hecho que ha llamado la atención es que la experiencia mística es observable, y que es biológica y científicamente comprobable.



En general, las características que se han encontrado durante estos estados son una activación en los lóbulos frontales y el sistema límbico. Los primeros son el sitio de la atención y la concentración, y generan nuestro sentido de “yo”, por lo que al alterar su funcionamiento se percibe una “disolución del ego”. El sistema límbico se vincula con los sentimientos afectivos. Se ha observado también una “desconexión” del lóbulo parietal, que maneja la orientación espaciotemporal, lo que parece crear la sensación de fusión con el Universo.



Cambios benéficos por la Meditación



Otros sorprendentes descubrimientos han encontrado que las modificaciones a nivel cerebral también se traducen en cambios físicos. Por ejemplo, rituales como la oración, la meditación, y conductas repetitivas como el baile o el canto ceremonial, pueden tener efectos sobre el sistema límbico y el sistema autónomo, pues participan en la creación de la emoción y el estado anímico, al tiempo que pueden impulsar los ritmos corticales y producir sentimientos inefables e intensamente placenteros. Además, al combinarse con otras actividades (como el ayuno, la hiperventilación o la inhalación de incienso), esta estimulación multisensorial puede afectar la fisiología del cuerpo hasta conducir a estados mentales alterados positivos.



Hace algunos años, la neurocientífica Sara Lazar y sus colegas de la Universidad de Harvard encontraron que 20 monjes budistas expertos en meditación tenían un mayor grosor en algunas regiones cerebrales, en comparación con 15 voluntarios que no practicaban meditación. En particular, la corteza prefrontal y la ínsula anterior derecha presentaban más espesor en los practicantes de meditación y, curiosamente, el mayor incremento se encontró en los sujetos de mayor edad, en contraposición a lo que sucede durante el proceso natural de envejecimiento, en el que estas áreas cerebrales van adelgazándose.



Y un estudio reciente, del investigador Yi-Yuan Tang, de China, respalda que no es necesario ser un monje experimentado para obtener este tipo de beneficios. De acuerdo con sus resultados, bastaron 20 minutos diarios de practicar una técnica de meditación china llamada “integración de mente y cuerpo”, para tener un mejor estado anímico y conseguir mejores resultados en pruebas de atención. También observó que el organismo producía menos cortisol, la hormona indicadora de estrés.



Lo social



La omnipresencia de la espiritualidad podría estar fundamentada en los hallazgos recientes de un par de investigaciones realizadas por el neurocientífico Jordan Grafman, de los Institutos Nacionales de Salud, en EU, quien piensa que los orígenes de la creencia en lo divino están relacionados con mecanismos que evolucionaron para ayudar a los primates a “sintonizarse” (o desarrollar empatía) con los integrantes de su grupo social, así como con otros animales, y que los humanos los utilizan para explicarse algunos fenómenos incomprensibles del mundo natural.



En otras palabras, la evolución nos dotó de un proceso neurológico que nos permite trascender la existencia material para reconocer y conectarnos con una parte más profunda de nosotros mismos, que se percibe como una realidad absoluta y universal que nos une a todo lo que existe.



Otra línea de investigación ha sido abierta a través del estudio de la epilepsia, una enfermedad crónica caracterizada por uno o varios trastornos neurológicos que deja una predisposición en el cerebro para generar convulsiones recurrentes. Una cuarta parte de las personas que padecen esta enfermedad que afecta los lóbulos temporales, suele tener estas experiencias antes de sufrir una convulsión. El connotado neurocientífico Vilayanur Ramachandran, de la Universidad de California en San Diego, encontró evidencias de que una mayor actividad en los lóbulos temporales del cerebro podría relacionarse con una alta propensión a albergar creencias místicas y religiosas. Quizá de ahí nació la frase de Fiódor Dostoievski, quien sufría epilepsia, en su libro El Idiota: “Fui tocado por Dios…”



Sin duda, una sensación similar a la que consiguió generar en sus pacientes Michael Persinger, especialista en neurociencias de la conducta, quien adaptó un casco como aparato experimental –conocido por la prensa como el “casco de Dios”–, el cual estimula selectivamente, mediante un campo electromagnético, los lóbulos temporales izquierdo y derecho, induciendo la sensación de una revelación mística.



La trascendencia



Al igual que la sensación de espiritualidad, el concepto de Dios, de una u otra forma aparece en casi todas las culturas. Una posible razón sería que, al constituir la única especie capaz de contemplar su propia muerte, necesitamos algo superior a nosotros mismos para hacer tolerable esa certeza. Desafortunadamente, el doloroso hecho de prever nuestra desaparición individual es un precio que tenemos que pagar por nuestro desarrollado lóbulo frontal.



En cuanto a los resultados de los estudios, todavía hay muchas incógnitas. Aunque algunos científicos indican que Dios no existe como algo externo e independiente de nosotros, sino que es producto de una percepción inherente; la manifestación de una adaptación evolutiva que existe exclusivamente dentro del cerebro humano. Para otros, incluido Beauregard, se trata de un Ser Supremo que nos proveyó de una especie de “antena receptora” en el cerebro para captar su presencia.



¿Será Dios una percepción generada por el cerebro; o bien, estará este órgano nuestro dotado de circuitos que le permiten experimentar la realidad de Dios? Probablemente la ciencia nunca llegue a responder esta pregunta. Lo que sí parece sugerir es que los humanos tenemos ya dispuesto cierto “cableado”, o conexiones neuronales que, con ciertas conductas asociadas a la espiritualidad, como la oración, la meditación, el yoga o los cantos, nos hacen evocar percepciones y sensaciones interpretadas, por la mayoría de los integrantes de todas las culturas, como la evidencia de una realidad divina, espiritual y trascendental.



Alguna vez el físico Albert Einstein describió una vivencia que evidenciaba el buen aprovechamiento de su inteligencia espiritual: “Existen momentos en los que uno se siente libre de las propias limitaciones humanas. En esos momentos, uno se imagina parado en una pequeña parte del planeta, observando con asombro la fría, pero profundamente conmovedora belleza de lo eterno, en donde fluyen vida y muerte en un solo cauce, y donde no hay evolución ni destino… sólo ser”.

Adaptado de CNN-Expansion.com